Basta de palabrejas baratas y caprichos caros.
El amor no es un antojo que se pueda comprar con cartas de amor.
El amor, como todos los sentimientos, viene de una semilla que hay que
regar cada día, hay que dejar que le dé el aire y hay que ocultarla de
las peores tempestades.
El amor crece en el corazón, sembrado por los padres y cultivado por nuestro escritor favorito, sin destinatario alguno.
No elegimos a quién querer, pero sí como hacerlo.
Hay quienes no saben amar, yo, por ejemplo. A cambio, sé querer, sé
cantar nanas y leer cuentos. Incluso, si me lo pides, cuando estés
triste, puedo bailar para ti o disfrazarme de pirata si es necesario.
Pero jamás te amaré, porque eso no va conmigo.
No me pidas nunca
que te entregue mi corazón, porque mi corazón es mío y solo mío. Yo soy
mía y de nadie más, aunque a veces me comparta contigo.
Átame y me iré lejos, donde ni el viento me encuentre; dame riendas sueltas y no me alejaré demasiado.
Te regalo todas las sonrisas que me pidas, siempre que me las
devuelvas. A cambio, prometo no robarte lágrimas ni regalarte noches
tristes.
Prometo hacerte feliz queriéndote, pero no me exijas amor, porque no tengo de eso para darte.