Déjame entrar en tus sueños, envolverme en tus sábanas, enredarme en tu cuerpo. Déjame abrirme a ti, ábrete tú también a mí.
Quiero enseñarte de que colores son mis sueños y con qué pinceles te pinto en ellos.
Déjame darte amor y enseñarte las texturas de las caricias, accede a
que te enseñe que no todas son iguales ni significan lo mismo.
Permíteme besarte, sin sentido pero con consciencia.
Conviértete en mi tentación y mi mayor amor, placer de mi vida.
Asiente para que con miradas te lo diga todo y que con las yemas de los dedos resuelva tus dudas.
Permíteme tenerle miedo a la lujuria, a tu deseo de saciarte, de
saciarme, de saciarnos; permíteme estremecerme en tus brazos.
Desaliéntame, gástame las fuerzas y alimenta mis ganas.
Admitamos
que el tiempo pasa y con él nuestros suspiros, nuestras sonrisas,
nuestras caricias, nuestras risas de desesperación. Y con nosotros
quedan las arrugas, aquellas que nos definirán por y para siempre,
aquellas que, cuando no tengamos voz, hablarán por nosotros.
Déjame ser una de tus arrugas, la de la comisura derecha de tu labio.
Déjame verte sonreír una vez más, luego me voy, lo prometo, para
siempre, pero cédeme una arruga de tu sonrisa, una definición de lo que
fuimos, somos y, tal vez, seremos.