Me enseñas que ser valiente no significa no temer y que llorar no es de cobardes.
Es entonces cuando nos convertimos en dos soledades que se tocan, que se acompañan en el camino de la nada, en el desierto y en la melancolía de ausencias anteriores.
Nos convertimos en posibles amores que nunca son y, probablemente, nunca serán.