Cuando volví a ver esa fina, blanca y tierna cara, que hacía tanto tiempo que no veía, recordé como sonreía y como miraba; y cuando me abrazó caí en la cuenta de que una amistad es más fuerte que el tiempo y la distancia, pero cada cual diferente la una de la otra. Por un momento el tiempo se paró e hizo que me diese cuenta de que la espinita que en su día me clavó en el corazoncito sigue allí, ahora pincha menos, pero permanece, y deseé que siguiese estando por mucho tiempo, más del que había pasado.
Fue una velada tranquila y agradable, diferente a la última. Pasó horas contando batallitas, y cada palabra que salía de su boca hacía que una tímida lágrima se asomase a mi corazón. Eran lágrimas de alegría y tristeza a la vez; de alegría porque me hacía feliz verle feliz y estar con él; y de tristeza porque me di cuenta de todo el tiempo que dejé pasar antes de volver a verle y me arrepentí de ello y más.
Pero fue entonces cuando comprendí que la vida y lo que nos define son esos destellos, esos momentos impactantes que ponen patas arriba nuestras vidas. Y es que cada uno de nosotros somos la suma de todos esos momentos que hemos experimentado con todas las personas que hemos conocido y que cada persona que pasa por nuestra vida es única porque siempre deja un poco de sí y se lleva un poco de nosotros.
Comprendí también que somos un momento de amor total, físico, mental y de cualquier otro tipo de amor.
Y cuando me soltó me pregunté qué pasaría si algún día no recordamos ninguno de esos momentos.