A menudo te echo de menos aún sin conocerte. Se me hiela el cuerpo al pensar que no volveré a cruzar miradas contigo. Rio al pensar en todo lo que perdimos por miedo a perder.
Jamás cambiamos palabras de amor, pero ambos sabíamos que nos amábamos; sabíamos que estábamos hechos el unos para el otro, pero también sabíamos que existía una fuerza superior que jamás nos dejaría disfrutar ni manifestar el deseo que corría por nuestras venas.
Éramos veneno, pero veneno del bueno, de ese que no mata sino que hace más fuerte.